Con M de María, con J de ...

Sale a la calle para adentrarse en la ciudad. En el vórtice de ésta, entre su locura que quiere aparentar lo contrario, actúa cuerdamente: inventarse a si mismo para, tal vez, inventarse un lugar, el propio. A partir de ese momento, con la adopción de una nueva fe, ocurre el tránsito de un punto a otro de la existencia: de él a ella; ocurre también el peregrinaje cotidiano que indica una ciudad íntima.
No él sino ella hace caso a su naturaleza revelada: hay que estar siempre en movimiento. Largas y duras caminatas en busca de la sobrevivencia hacen del suyo un recorrido vital. Fue así desde el primer día en que siendo joven, superado el golpe que le provocó la caída de un caballo en el rancho de su padre, allá por El Pilancón, se puso en marcha rumbo al templo evangélico de cuadras abajo, para dejar atrás lo que hasta ese instante había sido. Ahí dentro, mientras transcurrían los años cincuenta en aquel barrio pedregoso habitado por ganaderos llegados de Michoacán y Jalisco, sucedió al parecer una reencarnación divina algo posmoderna.
Pasan los años y ella se ve siempre igual. Desde la esquina donde está la panadería La Paloma (fundada en 1942, según su fachada memoriosa), en el cruce de Domingo Diez con Aquiles Serdán, la gente vislumbra durante lustros, bajo el sol todavía adormilado de las ocho de la mañana, la aparición de su figura alta y enjunta, encorvada, surgiendo del callejón donde tiene su hogar. El cabello hasta el cuello, lacio y teñido de rubio, rodeado por un listón a la altura de la frente; la blusa blanca y de manga larga pegada al cuerpo; el pantalón rojo, ajustado a las caderas y con amplias campanas oscilando por encima de sus pies; los zapatos, de tacón bajo, rematados en puntas cenitales. Ella, radiante, como en un retablo mestizo, sosteniendo en la mano una pequeña botella de plástico en cuyo interior se encrespa agua bendita.
Más terrenalmente, así se gana la vida: agua por monedas, bendiciones salvadoras por limosnas necesarias. No obstante, permitámonos un paréntesis: en la materialidad de este intercambio podemos leer la idea cristiana (puesta en práctica en tiempos de capitalismo) de hacer el bien donde cunde el mal: este valle herido por barrancas. Al respecto, Malcolm Lowry cuenta en Bajo el volcán lo siguiente: “Mientras se crucificaba a Cristo –decía la hierática leyenda traída por el mar– la tierra se había abierto en toda esta región…” (1). A luz de este relato aparece una geografía maldita: frente a la presencia ambigua de la caminante, ante su cuerpo fronterizo, la ciudad se extiende, mítica, con todas sus profundidades y desde sus sombras acechan los demonios colectivos.
¿Quiénes son ella y los que la conocen tras cruzar el umbral en cuya parte superior un letrero advierte “pueblo chico, infierno grande”? El escritor mexicano Joaquín-Armando Chacón ficciona tangencialmente este caso de la vida surreal en un capítulo de su novela El recuento de los daños. Por voz del viejo Malkhe, personaje dueño de una imprenta y objeto de rumores por supuesta perversión sádica, sabemos de cierto encuentro mientras se toma una copa en La Universal, desde siempre un restaurante para ver pasar automóviles y extranjeros:

“Lo detuve, ofreciéndole un billete para que me rociara un poco con su agua bendita.

–Usted no lo necesita, señor Malkhe– el marica de […], otro de los locos del pueblo […].” (2)

Podemos imaginar para la ocasión un descenso celestial con todo y efectos especiales, lo cierto es que para bajar al centro y trabajar como Dios le manda, ella se encamina diariamente sobre la avenida Domingo Diez como quien da el primer paso en el juego de las serpientes y las escaleras. Si el azar le favorece a la vuelta de la esquina, con toda seguridad empieza la mañana sin recibir los insultos que como buenos días le da el encargado de la Tintorería Sánchez. Continúa por el lado de la escuela primaria y, en caso de no haberlo hecho el día anterior, pasa a la iglesia de “los hermanos”, como les llamaba su católica madre a los fieles de esa congregación. En el resguardo de esos muros realiza la alquimia de convertir agua en algo más: obtiene una sustancia que aviva deseos o sofoca prejuicios. De cualquier modo, en medio de la rutina, ofrece a sus paisanos la posibilidad de la catarsis.
Sin reportarse a si misma ninguna novedad, a la altura de donde están esos grandes árboles sufrientes, como desollados por el viento, en la contraesquina del hospital general, se pregunta qué camino seguir. Como ve un mal augurio en la ambulancia que dobla hacia la izquierda, con dirección a la plaza comercial pionera en la deforestación de la urbe, descarta hacer el trayecto que, tiempo después, registra un viejo cronista de la ciudad preservando el anonimato, al estilo del gran chisme de vecindad que es, en ciertas ocasiones, la memoria colectiva en provincia. Levantemos la oreja:

“Nunca se supo que hubiera caído en actos reprobables en su condición de amanerado. Siempre mencionaba a Dios, a la Virgen, sus creencias religiosas, principalmente cuando según él ‘bendecía’ con agua que él mismo hacía en una botella y una flor (sic). Hacía un recorrido diario desde su casa, pasaba por el Casino de la Selva a Aurrera, bajaba por la prolongación de la Calle del Arco en Gualupita y pasaba a la imprenta de Chencho y llegaba a una cantina que había en la esquina con la calzada de Leandro Valle, y así proseguía recogiendo gratificaciones a cambio de ‘bendiciones´o bien leía la suerte en la mano de quienes se lo solicitaban” (3).

Además, si se decidiera por esa ruta correría el riesgo de toparse nuevamente con El Borja, ese vago quien desde una banca vigila permanentemente su reino: el Parque Melchor Ocampo, en la colonia Gualupita. El recuerdo presente en forma de puñetazos directos a la cara, con El Borja encima, mientras ella le grita desaforadamente con su voz tipluda: ¡te vas a ir a los infiernos, hijo de la chingada! ¡te vas a ir a…! Aquella vez no funcionó la frase con la que logra conjurar muchas agresiones. Frente a la escena, los de la carnicería pararon de afilar sus cuchillos y se limpiaron las manazas en los delantales ensangrentados, a la expectativa. Cuando la madriza llegó a su fin, lo más probable es que ella no viera al chivo degollado del mostrador que presenció todo en un silencio más que elocuente.
Toma entonces, como quien lanza los dados creyendo en su buena fortuna, el otro camino, el que pasa de largo por el hospital, no sin antes humedecer la entrada del nosocomio. Cruza la calle de Pericón (cada vez que anda por aquí piensa en las flores del mismo nombre que hechas cruces logran que Satanás se repliegue en su asedio del 29 de septiembre, mientras San Miguel Arcángel celebra beodamente su día) cruza para internarse en La Caracola, una espiral de asfalto que desemboca en el afluente de Leandro Valle. Sobre éste, realizadas unas escalas previas e infructuosas en algunos negocios, llega a la cantina La piedra: pese a todo (uno que otro ahogado en cerveza), territorio de amigos. A solicitud del dueño, ella vierte su agua en las cuatro esquinas de este oasis enclavado en el desierto cotidiano. Cirilo, el mesero que guarda estas playas de calma tensa, la observa alejarse rumbo al puente que se resiste a ser tragado por las enormes fauces de la barranca de Amanalco.
Sin mirar plenamente la hondonada, tal vez de reojo, acelera el paso para arribar a esa otra cantina que lleva el nombre de El Danubio, como si se tratara de un barco encallado oxidándose frente al inicio de las calles de Matamoros y No reelección. Las puertas abatibles como en las películas del viejo oeste revolotean suspendidas en el aire al entrar ella. Durante un par de segundos no se escucha el tintineo de las botellas y los vasos: uno, dos y los chiflidos burlones se desbordan. Después los jilgueros humanos se aburren y vuelven a lo suyo, la bebida y la botana. Aquí también hay amigos. Prodiga bendiciones y recibe lo suficiente como para pedirse un refresco, un caldo de camarón y unas tostadas de pata de cerdo. La ven comer con gesto de insaciables las mujeres desnudas de los carteles pegados en la pared. Fuera del antro, con el rostro hacia el corazón de la ciudad, su espalda recibe el viento que baja del norte, como empujándola levemente.
El centro es un laberinto de muros invisibles. Entre sus calles ella, como muchos más, se pierde y se encuentra, va de un sitio a otro, de una persona a otra en busca del sentido que necesitan sus pasos para librarse de sí misma. Paralelamente, también visita algunos establecimientos, los de sus clientes devotos: en la calle de No reelección, las tiendas de ropa; en la de Matamoros, las casas de electrodomésticos; en la de Guerrero, las zapaterías; en la de Morelos… A fuerza de persistentes caminatas, no sólo gana un poco de dinero: frente a todo aquél o aquélla que vive, trabaja o deambula en el centro gana también el don de la ubicuidad. Está en todos lados, incluso en el imaginario de los habitantes de la urbe. Forma parte de la historia de todos los días: ella, la que por su diferencia suscita reacciones encontradas (tolerancia o rechazo) entre los pobladores de un lugar contradictorio por naturaleza.
Hay dos puntos en esta metrópoli desde los cuales puede contemplarse el atardecer deslizándose del cielo común al interior personal. El primero, el campanario de la catedral franciscana, a cientos de metros de altura. El segundo, en las inmediaciones del kiosco del Parque Juárez, a nivel del suelo. Desde éste, ella mira hacia aquél; mientras aquí abajo graznan los pájaros en los árboles y allá arriba doblan las campanas siete veces. Entonces sabe que tiene que irse.
De esta ciudad a otra: de Cuernavaca misma a Cuernavaca distinta. De él a ella: de Ernesto Poblete Villegas a Maria de Jesús. De un tiempo a otro: de cuando un caballo marca el principio de una travesía a cuando un automóvil, con un atropellamiento el 5 de agosto de 1995, marca el final.

Bibliografía

1. Lowry, Malcolm. Bajo el volcán. México, edit. Origen/Planeta, 1985, 414 p.

2. Chacón, Joaquín- Armando. El recuento de los daños. México, edit. Diana, 1987, 335 p.

3. Varios. La Cuernavaca de ayer. Cuernavaca, Ayuntamiento de Cuernavaca, 1999, 79 p.
(Una versión de este texto fue publicada en el número 9 de Tabique. Revista para la obra, la zozobra y los colados.)

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