El encuentro de nuestros sentidos con aquello que pueden percibir (un olor, un sabor, un sonido, una textura o una imagen) suele lanzarnos ocasionalmente al tiradero clandestino del pasado. Basta el perfume de una mujer desconocida para llegar al recuerdo de otra de quien saboreamos el manantial agridulce de su entrepierna.
Supongo que es esta lógica secreta e imprevisible la que brota frente a ciertos vestigios de animalidad urbana: los breves monolitos de mierda que los perros ofrendan en las calles a dioses que fueron exiliados un día antiguo.
En la contemplación de este acto de devoción canina, los hombres quisieran revivir tiempos de gloria. Cada noche se les ve, en solitario o con compañía, asidos a frágiles correas siguiendo los pasos de un cuadrúpedo que olfatea la posibilidad del retorno. El ama de casa o el oficinista se descubren aventureros y visten ropas deportivas: hay que sacar a pasear a los perros. Más que buenos amos, son cazadores de un momento. Al principio intentarán llevar las riendas; después, seducidos temerosamente por la nostalgia, se abandonarán al vaivén de una fuerza que tal vez ahora les resulte extraña: el instinto y su poesía.
Dicho sintéticamente: frente al misterio los perros se cagan de regocijo. Y los amos, de miedo.
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1 comentarios:
Carlos en notas de mi autoria hago mucho la alusion a sabores y olores algunos me han dicho que por que no usar imagenes o colores pero yo insito a que el pasado y mis letras tienen sabor me alegro que compartamos eso... un beso enorme
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