En el camino hacia la azotea, a mí me gustaba pasar la punta de alguna de las llaves sobre la pared de azulejos viejos de los pasillos, sentir el metal rayando una superficie lisa y fría, escuchar el sonido que se producía e interrumpía con las junturas de los mosaicos, las cuales marcaban una especie de ritmo. No es que yo fuera diferente, simplemente tenía una perspectiva propia: tenía las cosas claras. Todo mundo puede tener las cosas claras, el problema es que no es lo mejor para vivir. Así que hay pocas elecciones en este sentido. De hecho pocas veces se elige, únicamente se va a donde se tiene que ir: si tu lugar no está tocando timbres para dar lugar a una broma civilizada, entonces está escupiendo desde las alturas para descubrir o recordar cuestiones básicas, por ejemplo, la fuerza de gravedad.
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