“Imaginad, en efecto, que os arrancáis súbitamente a vuestra ciudad, a vuestra vida ordinaria, a vuestros amigos y a vuestra casa. Si conserváis aún vivas las energías del ser, las capacidades plásticas de vivir, no podréis menos de experimentar una saludable ansiedad, un inquieto regocijo: la alegría mística del guerrero que siempre está pronto a partir”
Alfonso Reyes
Desconozco tu nombre como desconozco las señas del lugar desde donde te escribo. Los desconozco voluntariamente porque sé que de este modo tú y este sitio me habitan sin límites, desbordantes. Haces de luz solar perforando nubes de tormenta, ríos abriendo cauces en la sequía. Entonces me colman y no me pertenezco más: no es éste mi corazón ni ésta mi cabeza ni éstos mis sentidos. Que todo quede claro: ésta no es la ausencia que suscita el despojo, sino la plenitud sin máscaras. No el vacío, sino el infinito.
Te platico cómo inició esto. Aunque sé que mis palabras no serán suficientes para dar cuenta de este grito que congrega todos los gritos, que los vuelve un único caballo galopante. Para ser sincero, esa tarde no se distinguía de cualquiera de mis tardes. Hacía unos meses que, saliendo de la oficina, con el cansancio de la rutina sobre los hombros, me había propuesto deambular por algunos barrios de la ciudad. Llegaba a casa, abandonaba el portafolios en un rincón y me sentaba a la mesa. Descansaba un poco mientras fumaba un cigarrillo. Hacía el recuento de la caminata del día anterior, de sus similitudes y sus variaciones con respecto a otras que le precedían. Personas y establecimientos como bocas cerradas entonando una canción muda; pero también la risa de los niños, el gemido de los amantes, el alarido de los violentos. Sopesaba cada circunstancia, le daba vueltas como si quisiera descubrir su valía entre el conjunto de los hechos. Me convencía de la materia singular de algunas situaciones pero sin sentirme llamado por ningún misterio: ese instante, sereno y arrebatador, que se dispara e hila las cosas para proporcionarnos una trama invisible de la cual formar parte.
Entonces me dispuse a salir nuevamente a la calle. Como siempre, antes encendí el foco de la recámara; me gustaba ver la ventana tenuemente iluminada al momento de mi regreso. Ya afuera, me encaminé hacia la avenida principal del rumbo. El cielo de octubre, límpido y suave en su tránsito hacia la noche, parecía imponerse a algunos fantasmas de la lluvia que todo el año había inundado la capital y que acechaban ahora desde la periferia. La gente regresaba a sus hogares; yo me fugaba del mío al delinearse en los rostros y en las fachadas la frontera que se abre con el crepúsculo. Hurgaba en este pasaje entre la luz y la oscuridad imaginando que los seres y los objetos recibían una tregua y se suspendía su definición ordinaria.
Llegué a una plazoleta de palmeras altas y bancas de piedra, un fragmento de malecón a orillas de una vía rápida. Era la entrada a una colonia que recordaba lánguidamente su vida pasada de puerto, fuera de este valle y esta época. Me interné por una de sus calles y mis pasos se sucedieron como si fueran impulsados por la brisa. A estas alturas sabía que mis paseos eran guiados por los motivos del azar, los cuales algunas veces yo asumía concientemente y otras se desarrollaban sin que me diera cuenta. Un día elegí conformar un itinerario visitando domicilios donde nadie vivía; otro, me dejé llevar siguiendo las divagaciones territoriales de los perros, hermanos de Diógenes; uno más, dominado por las convulsiones del desamor que se transformaba en furia. Del mismo modo ocurría ahora, que mi vagabundeo era un capricho del aire. Fui de esquina en esquina porque era ahí donde el viento me silbaba al oído el derrotero de mi odisea súbita e incipiente. Me pregunté por el dibujo hipotético que podría observarse si fuera posible dejar una estela que no se desvaneciera de inmediato. Y me regocijé pensando, con toda complacencia, en el rostro de piedra del dios acuático que fue recién descubierto en las entrañas del Centro Histórico.
El origen de este discurrir, de sus asociaciones, se esclareció cuando oí el primer trueno. A hurtadillas, solapados por un viento que en tierra se mostraba inofensivo, los nubarrones avanzaron y la humedad se filtró por los poros del ambiente. Desperté de mi estado que oscila entre el embeleso y el automatismo, y me sorprendí a mitad de un camellón. Había ante mí una casona antigua de dos plantas, terraza al frente y balcones amplios, que parecía difuminarse, no obstante su proximidad física, en la lejanía. Después sólo fue tu imagen. Al doblar la esquina, de ese lado de la acera, tuviste el fondo propicio para desplegar tu andar tranquilo pero resuelto. Tu cabello negro caía sobre un vestido blanco con adornos naranja, que dejaba ver tus brazos y piernas como resplandores del fuego. Sujetabas un girasol como un rostro y pasabas entre las gotas que prologan la lluvia. Cuando el aguacero se desató, sin detener la marcha, abriste un paraguas rojo y volteaste hacia donde me encontraba. Te veías feliz. Fueron apenas unos segundos y eso bastó para que todo cambiara. Y así lo comprendiera. Había sido diáfano y sencillo: una flor resguardando otra flor.
Tú probablemente llegaste a tu destino y yo salí tras el mío. Regresé a casa en el transporte público, con la ropa empapada. Me vestí nuevamente. Encontré la mochila que en su tiempo fue un hato de ingenuidades juveniles y ahora delataba cierto pasado de nomadismo ocasional, guardé un poco de ropa y un par de libros. Miré a mi alrededor. Apagué las luces y me largué. Fui a la terminal y tomé un camión hacia el sur. Siempre voy al sur. Y cada vez que avanzo percibo mi impulso por caminar como si intentara adelantarse siempre a mis pensamientos, como si así buscara yo preservar un territorio intocado por la abstracción. Tal vez lo logre. Por ahora recorro camino porque de esta manera me lleno de espacio, paisaje, universo.