Una fuerza misteriosa en la esquina de las calles Hidalgo y Galeana



En el camino hacia la azotea, a mí me gustaba pasar la punta de alguna de las llaves de la casa sobre la pared de azulejos viejos de los pasillos, sentir el metal rayando una superficie lisa y fría, escuchar el sonido que se producía e interrumpía con las junturas de los mosaicos, que marcaban una especie de ritmo. No es que yo fuera diferente, simplemente tenía una perspectiva propia: tenía las cosas claras. Todo mundo puede tener las cosas claras, el problema es que no es lo mejor para vivir. Así que hay pocas elecciones en este sentido. De hecho pocas veces hay posibilidad de elegir, se va a donde se tiene que ir y se tocan los timbres necesarios para ser parte de una broma insulsa.

Desde la escalera podía verse la puerta abierta que enmarcaba el cielo siempre azul y cálido de la ciudad. También estaban los tanques de gas, los lavaderos de cemento desgastados por el uso y los químicos, las jaulas oxidadas para guardar la ropa mientras se secaba al sol y los habitantes empobrecidos de las alturas. Y en el centro de todos ellos, la gran antena de transmisión en cuya punta había una luz roja de alerta para las avionetas y los helicópteros que se acercaran más de la cuenta. Rumbo a la jaula del departamento solía ejercitar mi equilibrio sobre la tubería al descubierto y cuando fallaba me detenía a auscultar con las manos su superficie para sentir la corriente de agua que transitaba dentro de ella, una fuerza misteriosa que arrasaba con la mierda de la gente que vivíamos en los pisos de abajo.

Explicaciones no pedidas, culpas confirmadas


Leer como bestia: aspiración del analfabeta existencial.

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Hoy trabajé en una biblioteca. Y no dejé de recordar lo bien que se duerme ahí. Recuerdo haberlo hecho muchas veces cuando más joven: sobre esos gabinetes pensados para el estudio individual, leía un poco y dormía más, triunfaba el placer antes que cualquier pretensión.


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Un tiempo tuve la soberbia de marcar los libros pensando que de ese modo podría retener para mí algo de lo que había en ellos. Ahora sólo dejo que lo que leo se haga un lugar en el olvido, como todo lo demás.

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El libro como espacio y la edición como camino.

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Admiro la personalidad del libro como objeto: paciente y silencioso, concentrado en sí mismo, avecindado en la materia con la contundencia de una forma irrepetible. Un principio simple guía su relación con el mundo: cerrado a los impertinentes, da la bienvenida a los amables.

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La humedad de la lluvia ha hecho crecer una fina capa de moho en las tapas de un libro, tal vez resurja en él un árbol.


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La fascinación que causa el libro radica en su promesa de infinito, un mecanismo que consiste en la progresión imparable de caracteres de un ejemplar a otro.

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Sueño de bibliófilo: una librería secreta, madre de todos los hallazgos.



La sangre como escritura


Hacia el año 400 d. C., el poeta español Prudencio escribe el Peristephanon, una obra integrada por poemas dedicados a mártires del cristianismo. En los textos que protagonizan Santa Eulalia y San Román, las heridas que reciben sus cuerpos son una especie de escritura en la que puede leerse su creencia y fe en Cristo. De las heridas como escritura, la metáfora deriva hacia la sangre vertida como escritura. Este movimiento se registra, por ejemplo, en Calderón de la Barca, escritor español del Siglo de Oro, que dice que la muerte es la firma que los mártires escriben con su sangre, en letra roja.

Sobre ello nos entera Ernst Robert Curtius en su obra Literatura europea y Edad Media latina (FCE, 2012 (1948). Gracias a él, recuerdo expresiones severas, posiblemente relacionadas, como “la letra con sangre entra” o “firmar pactos con sangre”, también las acciones de artistas contemporáneos que escriben o pintan con su sangre lienzos o muros inocentes. Sin duda, se está ante un tópico que transita de la literatura religiosa a las expresiones artísticas de la posmodernidad, y que tiene un lugar también en la vida cotidiana de los hablantes. 

Con sorpresa, encuentro una manifestación de este tópico en un acto de la religiosidad popular mexicana de raíz indígena, una práctica ritual en la que la sangre y el papel intervienen como elementos mágicos. El registro documental lo hace Eulogio G. Gillow, obispo de Antequera (Oaxaca), en sus Apuntes históricos, publicado a finales del siglo XIX; el relato lo obtengo por intermediación de Hanz Lenz, quien en su libro El papel indígena mexicano (SepSetentas, 1973) escribe acerca de este rito practicado por los indios de la región hacia el año de 1700,  que fue calificado de idólatra junto con otros:

“Actos similares se efectuaban en las casas o sementeras porque se lograsen bien las cosechas, pero ponían los ídolos sobre los papeles y los rociaban con sangre. Para interceder en favor de su salud, ofrecían a sus ídolos papeles de la tierra xuchitelmactli—, en lengua chocha huacengni, salpicándolos con sangre de aves y de sus lenguas ‘en lugar de letras, por no saber escribir”.

De la Edad Media en Europa a la sociedad indígena de la época novohispana, podemos leer algunas líneas de la sangre como escritura. Carente de todo fundamento mítico y sentido comunitario, una escritura con la que actualmente se escribe la historia de las calles mexicanas, y que resulta incomprensible.

Piedra lunar. Librerías de viejo en Cuernavaca / II


Foto: Silvia Vargas


El caso de la librería Casa del Árbol

Tres leones que sacan la cabeza por encima de una fuente miran hacia la entrada que está en la otra acera, como si indicaran con los ojos el rumbo. En la ventana se recorta un hombre que pasa su tiempo entre páginas y papeles, sentado en su escritorio mientras los estudia y se abstrae. Un joven llega y se pierde en el fondo, busca en los estantes algo que todavía no sabe qué es. Más tarde, una señora pregunta al dueño si tiene piedra lunar. El foco de lo extraordinario resplandece.



Un lazo invisible une a estas personas en ese momento: como en tantas otras partes del orbe, en la Casa del Árbol los libros han hecho germinar un universo propio. Me queda claro también que desde hace tiempo fomentan mi propia tendencia al esoterismo de paseante. Invoco espíritus, consultas gratis, resultados variables.

Esta librería de viejo se encuentra en el Centro Histórico, sobre la avenida Morelos (número 189), ruta de escape del Apocalipsis que ineluctablemente se satura de automóviles en sus horas de oficina. El local toma su nombre de la casa que lo aloja, y está escrito en piezas de azulejo sobre un portón. Las paredes se escarapelan, pero conservan la leyenda del árbol que da sombra en el patio interior y que algunas noches es visitado por el espectro de un hombre (sospecho que lector de novelas de caballerías) montado en un caballo.


La historia me la cuenta Alberto Polleti, dueño del negocio. ¿Por qué abrir una librería de viejo en Cuernavaca?, le pregunto, y aduce locura. Un trastorno que suma cerca de seis años –cuatro de ellos en este espacio que visito– y no ceja, para beneficio y tranquilidad de otros más que comparten el mismo diagnóstico: la pasión por los libros. Algunos síntomas: voracidad lectora, acumulación galopante, libreros que se desbordan, parejas que sobrellevan la situación.

El señor Polleti lleva alrededor de 30 años en esto. Un oficio que heredó de su abuela, doña Clara Bazán Huerta, oaxaqueña que mira fresca desde su retrato colgado en la pared, y quien abriera una librería en la calle de San Ildefonso, Ciudad de México, en 1918. En su haber como dueño de librerías de viejo, el nieto rememora con delectación dos sitios, ambos en el Distrito Federal: el que fundó en los años ochenta en la Zona Rosa y el que tuvo en la Colonia Narvarte más recientemente, con 150,000 ejemplares, antes de que él y su familia se establecieran en Cuernavaca.

Inevitablemente pienso en los astros de un sistema planetario que orbitan en torno al lector, cuando observo los libros, las fotografías, los grabados y las piedras que llenan el espacio de la Casa del Árbol. Sé que reflejan los intereses del librero Polleti, incluso su concepción acerca de la vida, llena de energía y de cosas más allá de lo que imaginamos. El libro es energía, me dice sentencioso, y deduzco que piensa lo mismo acerca de los cuarzos que se muestran para su venta dentro de una caja de madera y cristal.

Casa del Árbol parece inspirada en las clásicas librerías de viejo del Centro Histórico chilango. No por el tamaño –pues en realidad esta librería es pequeña en comparación con aquéllas, aunque grande en relación con sus coterráneas–, sino por su propensión al laberinto y la densidad. Tiene dos pisos y en ellos se distribuye, aunque debería decir se expande, un acervo diverso organizado por temas, que incluye libros infantiles, de medicina, esotéricos, de sexualidad, de literatura y, de manera especial, de historia de México, con una parte de libros sobre Morelos. Para los coleccionistas consumados, hay una sección de volúmenes antiguos que van del siglo XVII al XIX, de contenidos y formatos sorprendentes, propiciatorios del deseo bibliófilo.

Tres leones, cabezas de estatua, cuidan desde el Jardín Revolución la permanencia de esta librería, piedra de papel que lo reverdece. 


Febrero de 2013, Cuernavaca, Mor.

Texto publicado en la cartelera de la Secretaría de Cultura de Morelos

Un vergel casi secreto. Librerías de viejo en Cuernavaca / I

Foto: Silvia Vargas

El caso del Bazar de Libros y Discos Recikla

Ya sé que parece la línea de una canción de rock que para ser interpretada exige una gesticulación espiritual, pero lo cierto es que afuera nada nos dice lo que sucede dentro. Hay que avanzar por la calle de Comonfort, que con su parsimonia obtenida por la remodelación urbana se interna en el bullicio de autos, comercios, lugareños y turistas que se arremolinan en el centro de Cuernavaca. Luego, en uno de sus costados, una puerta común es el acceso hacia un vergel casi secreto. Se presiona el botón indicado y un mecanismo descubre el pasadizo oculto por la rutina de la prisa.

Es la casa con el número 3 y es una librería de viejo, no hay premoniciones ni letreros que anuncien su vocación y práctica. Basta la elocuencia de libros que reposan en estantes, mesas y cajas, antes de seguir su camino, para dejar en claro de lo que se trata. Raymundo Falfán es su dueño y es él quien nos revela el nombre de su tienda: Bazar de Libros y Discos Recikla. Fue abierta en 2009 y en su interior se lee parte de la biografía del librero. Es decir, una librería así es una obra escrita con los libros y los objetos que se seleccionan y exhiben. Dos hechos de la vida de don Raymundo, por ejemplo, son dos rasgos que identifican su negocio: estudió artes visuales y vendió antigüedades en el mercado de La Lagunilla, así que los libros de arte y los libros antiguos son la aristocracia que ocupa los palcos especiales en el desfile de los lectores.

Debe saberse que en una librería de viejo no hay que esperar la novedad, sino la sorpresa. Reina el misterio de las páginas opacas por efecto de la lectura y el tiempo. Una descripción llana diría: el Bazar de Libros y Discos Recikla es un espacio de unos pocos metros cuadrados, con libreros en sus cuatro muros y mesas al centro, que ofrece libros usados de historia, literatura, filosofía, ciencias sociales, de consulta y en otros idiomas, además de best sellers que desde su ubicación en la parte baja de las mesas sobrellevan la nostalgia de lo que consideran momentos mejores, cuando destellaban en la superficie. Los discos, la mayoría de acetato, son vecinos numerosos de sonrisas redondas.

Pero hay más que eso, y la bitácora de mi paso por esta librería lo registra:


  • Voces que murmullan desde sus guaridas en los estantes, las mesas, las cajas y los rincones. 
  • Construcciones de arquitectura fantástica que se levantan desde el suelo hacia un destino no conocido. 
  • Imágenes que brillan en el hermetismo de páginas cerradas y cuyo fulgor desaparece ante quienes carecen de cierta iniciación. 
  • Mapas del tesoro disimulados en guardas pintadas a mano. 
  • Señales manuscritas en portadas y márgenes de otros que ya caminaron por aquí. 
  • Incursiones espeleológicas en busca de un título que irradia magnetismo en el fondo de una pila. 
  • Cofradías que se heredan el resguardo de una tradición: la del libro. 
Y lo principal: que aquí abundan las historias, pretextos para la convivencia. Las que se encuentran en todos estos volúmenes de siete vidas y las que surgen entre el librero, los libros y los lectores. Don Raymundo transitó de la fruición del libro como objeto a la experiencia de la lectura como vía de conocimiento, y de ahí al origen primordial del relato: la oralidad de la conversación. Cuenta sobre sus ejemplares predilectos, la bella obra del siglo XIX que hablaba sobre Porfirio Díaz, entre ellos. Platica sobre el lector que sólo compraba materiales de gastronomía y su paciente espera de un libro largamente deseado. Frutos del huerto.

Hojeo un libro sobre el autorretrato en la historia del arte y recuerdo lo escrito por el argentino H. A. Murena, y me lo dedico: “Se esforzó entonces por tornarse cada vez más anacrónico, contra el tiempo, para que le fuera dada alguna vez la dicha de desentenderse por completo del tiempo”. Cierro el ejemplar y vuelvo a ver el rostro de Vicent van Gogh en la portada. 


Enero de 2013, Cuernavaca, Mor.

Publicado en la cartelera de la Secretaría de Cultura de Morelos

Monólogos para la telenovela de mi alma 2

Frente al Parque Juárez, sentados al pie del Teatro Ocampo, de la nada, ella me pregunta absurdamente:

-¿Qué te gusta más de Cuernavaca?

-Su destrucción- le contesto con grandilocuencia.

Así son las cosas aquí, también lo nuestro.

Disección de la espera

Llegó a casa y cerró puertas y ventanas como si acometiera su clausura definitiva. En la oscuridad de los muros ciegos fundará un reino devastado. Su arquitectura será la de la ruinas. Debe saberse que todo lo hará conforme las cicatrices que se suceden, punto tras punto, en el plano diseñado por un prisionero de sí mismo.